La única tiranía a la que temo es al tedio: Por qué me niego a encasillarme en un solo género y qué garantiza realmente mi firma.
Hoy decidí poner por escrito lo que realmente define mi
firma como autora.
En el mercado editorial suele encasillarse a los novelistas
en dos bandos: aquellos que deambulan sin rumbo entre géneros esperando dar con
una fórmula rentable, y los que se atrincheran en un único nicho por pavor a
perder el favor del algoritmo o el público cautivo.
Yo no pertenezco a ninguno de los dos.
Mi trayectoria no ha sido una línea recta, sino un proceso
implacable de depuración. He transitado por la fantasía urbana, el drama
psicológico y las exigencias asfixiantes de las plataformas de pago, donde
pretendían dictar qué emociones debían sangrar mis páginas a cambio de lecturas
automáticas. Rechacé ese modelo. No escribo para satisfacer una cadena de
montaje que castiga la inteligencia ni para encadenar fórmulas de consumo
rápido. Si decidí forjar mi camino como escritora independiente, no fue por falta
de opciones, sino porque no tolero que una directriz comercial recorte la
autonomía de mis historias ni negocie con mis estándares de calidad.
No le temo al cambio de época, al choque de registros ni al
juicio de los puristas de género. Le temo a una sola cosa: al tedio de
escribir siempre lo mismo.
En una época dominada por el consumo fugaz, donde el público
parece condenado a desplazarse en bucle sobre copias idénticas del mismo
argumento, negarse a la repetición deliberada es un acto de resistencia. Yo no
concibo la literatura como un molde repetible. Cuando abordo un conflicto, lo
exprimo hasta el hueso; cuando una trama concluye, no la reciclo bajo un
disfraz nuevo.
Por eso, mientras construyo el universo histórico de Las
Encantadoras Damas de Mrs. Bushby’s School —desentrañando desde los
convenios matrimoniales y la censura social de la Regencia británica hasta las
esquirlas de las guerras napoleónicas—, no dudo en tomar distancia para
ejecutar una comedia contemporánea y mordaz como Manual Anti Moscas Muertas,
o adentrarse en el horror opresivo y colonial de Jamaica en 1815 con El Eco
que Habita el Tambor.
El hilo conductor de mis libros nunca ha sido el vestuario
ni la etiqueta de la estantería. Lo que sostiene mi nombre es la mirada
implacable hacia la naturaleza humana: personajes dotados de agallas y
dignidad, diálogos con pulso y una negativa absoluta a complacer con finales
ingenuos o resoluciones tibias.
Exploro lo que merece ser contado con la profundidad que exige el oficio. Y mientras una época, un dilema o una herida humana tengan algo auténtico que revelar, mi pluma no pedirá permiso para entrar

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